El FNC a los 55: cine para descubrir y películas para encontrarse

Cine

Del 8 al 18 de octubre de 2026, el Festival du nouveau cinéma (FNC) de Montreal celebró su 55.ª edición con cerca de 200 obras procedentes de más de 30 países, distribuidas en seis sedes de la ciudad. De vocación generalista, el festival no se limita a un género cinematográfico ni a una forma particular de producción. Como ha señalado Zoé Protat, su línea editorial encuentra un punto de unión en el cine de autor, desde películas de gran presupuesto hasta propuestas independientes realizadas con medios mínimos, incluso bajo la lógica del do it yourself (DIY). Más que una categoría estética cerrada, el FNC parece defender una manera de entender el cine que privilegia la singularidad de las miradas y la libertad de sus formas.

En esta edición, mi experiencia estuvo marcada especialmente por cuatro programas de cortometrajes que, desde perspectivas muy distintas, me permitieron observar cómo esa diversidad se traduce en la selección y en la relación que se establece entre las películas y sus espectadores. Para comprender la identidad actual del festival, sin embargo, conviene recordar sus orígenes.

Los orígenes: abrir espacio a otras cinematografías

Claude Chamberlan y Dimitri Eipides junto a John Lennon y Yoko Ono durante su bed-in por la paz en Montreal (1969).

Fundado en Montreal en 1971 por Claude Chamberlan y Dimitri Eipides, el Festival du nouveau cinéma nació con la voluntad de abrir espacio a películas que quedaban al margen de los circuitos habituales de distribución. Ambos fundadores compartían una vocación por descubrir nuevas voces y acercar al público cinematografías que difícilmente encontraban lugar en las salas comerciales.

Chamberlan fue una figura central de la exhibición independiente en Montreal y un incansable descubridor de películas y cineastas. Creía en la importancia de llevar a Quebec las obras que lo habían conmovido en otros festivales y de preservar espacios físicos donde el cine independiente pudiera encontrarse con sus espectadores. Eipides, por su parte, desarrolló una trayectoria internacional como programador en festivales de Montreal, Toronto, Tesalónica y Reikiavik. Su trabajo contribuyó a dar visibilidad a cineastas y cinematografías de distintas regiones, y a establecer conexiones entre comunidades cinematográficas que de otro modo difícilmente habrían coincidido.

Más de medio siglo después, el legado de sus fundadores invita a mirar el FNC más allá de su selección de títulos. La cuestión no es únicamente qué películas presenta, sino qué lugar les concede y cómo invita al público a encontrarse con ellas.

Una programación, múltiples formas de descubrir el cine

La amplitud de la programación se reflejaba también en sus distintas secciones: las competiciones Internacional y Nacional, Panorama international, Les Incontournables (Los imprescindibles), Histoire(s) du cinéma, Les Nouveaux Alchimistes (Los nuevos alquimistas), Temps Ø y P'tits Loups (Lobeznos), además de las presentaciones especiales. A ellas se sumaba el programa RPCÉ, dedicado a una nueva generación de cineastas en formación en Canadá. En conjunto, estas secciones reunían distintas tradiciones cinematográficas, propuestas experimentales, obras destinadas al público infantil y encuentros con películas de diferentes épocas, sin reducir la experiencia del festival a un solo género o circuito de producción.

Cuatro programas, cuatro experiencias

Durante mi visita a la Cinémathèque québécoise asistí a tres programas de cortometrajes en una misma jornada. La experiencia fue reveladora precisamente porque no hubo una única manera de aproximarse al cine breve: cada selección propuso un recorrido distinto, tanto por sus lenguajes como por las reacciones que despertó en la sala.

RPCÉ: el entusiasmo de una nueva generación

Entre las instituciones que descubrí al acercarme a esta edición del FNC está L'inis, sigla del Institut national de l'image et du son (Instituto Nacional de la Imagen y del Sonido), un centro de formación profesional de Montreal especializado en cine, televisión y documental. Su presencia en el festival está vinculada a las RPCÉ: Rencontres pancanadiennes du cinéma étudiant (Encuentros pancanadienses de cine estudiantil), una iniciativa creada por el FNC en 2014 para apoyar al cine emergente y propiciar el encuentro entre estudiantes de cine de distintas escuelas canadienses. Además de una competencia de cortometrajes estudiantiles, las RPCÉ incluyen talleres, conferencias y actividades de intercambio profesional. L'inis participa como institución colaboradora y escuela anfitriona, y sus producciones cuentan con un programa propio dentro de la selección.

El programa RPCÉ reunió seis cortometrajes: Le sang n'est rien, Combustion, La Grande Cena de Fay, La dose parfaite, Noël Vert y L'entrevue. Dedicado a impulsar a las nuevas generaciones del cine canadiense, el conjunto compartía, pese a la diversidad de sus historias, un interés por las reacciones humanas y por la tensión que puede surgir de ellas. Más que un suspenso asociado al miedo, se trataba de una incertidumbre construida a partir de los comportamientos de los personajes, sus decisiones y las situaciones en las que se veían envueltos.

También había una evolución perceptible en el tono del programa. Hacia su segunda mitad, el suspenso daba paso en algunos cortometrajes a un humor cercano a la farsa, por momentos ligeramente absurdo, mientras que tres de las seis películas optaban por desenlaces “felices”. Esa alternancia entre tensión, comedia y resolución contribuía a la variedad de la sesión, sin que las películas perdieran su interés por las contradicciones y reacciones de sus personajes.

La respuesta del público fue especialmente entusiasta. La sala, con una presencia notable de espectadores jóvenes, reaccionaba con energía al final de cada cortometraje, entre aplausos y vítores. El ambiente tenía algo de celebración colectiva y hacía evidente la conexión que se había establecido entre las películas y quienes las veían.

New Alchemists: experimentar con la imagen, el tiempo y el sonido

El tono fue diferente en New Alchemists Competition 4, una selección de seis obras que elegí precisamente por su aproximación multidisciplinaria y por la diversidad de sus lenguajes cinematográficos. Aquí el cine se alejaba de las estructuras narrativas más convencionales y abría espacio a la experimentación formal, a distintas maneras de trabajar con la imagen, el tiempo y el sonido.

Entre las piezas, Forever... Forever, del cineasta austríaco Johann Lurf, destacó por su trabajo visual en 35 mm y su duración de 21 minutos. La película construía una experiencia temporal que evocaba el paso del día a la noche, con una atención particular a las transformaciones de la luz, el ritmo y el sonido. En una secuencia, ciertos efectos sonoros que recordaban al trueno provocaron reacciones espontáneas de sorpresa en la sala, seguidas de risas y aplausos. Fue uno de esos momentos en que una película experimental, sin necesidad de explicar su procedimiento, encontraba una respuesta directa en el público.

También estuvo presente el realizador de Parie 6, una de las propuestas más abstractas y matéricas del programa. Su participación tuvo un carácter informal y cercano, lejos de la solemnidad que a veces acompaña los encuentros posteriores a una proyección. Esa naturalidad contribuyó a que la sesión se sintiera como un espacio de intercambio, no solamente como una exhibición de obras terminadas.

International Competition: distintas geografías, otras miradas

La tercera selección de aquella jornada, International Competition 1, reunió cuatro cortometrajes procedentes de México, Perú, Sudán y Somalia: For the Opponents, Nobody Knows the World, Nothing Happens After Your Absence y Whispers of a Burning Scent. La diversidad geográfica y cultural era uno de los rasgos más evidentes del programa, aunque su interés no se limitaba a la procedencia de las películas. Las cuatro propuestas me parecieron estimulantes y relativamente equilibradas en su capacidad para despertar curiosidad. La selección permitía pasar de un contexto a otro sin imponer una única forma de representar el mundo ni una misma idea de lo que debe ser un cortometraje.

Sentarme junto al director de una de las películas peruanas añadió otra dimensión a la experiencia. La presencia de cineastas invitados, también perceptible en el programa de New Alchemists, acercaba las obras a quienes acabábamos de verlas. La película dejaba de ser un objeto distante en la pantalla y se convertía en el punto de partida de una conversación posible.

National Competition: el humor como punto de encuentro

Días después, asistí al programa National Competition 1, que presentó cinco cortometrajes: Pacific Spirit, Footsteps On The Ceiling, Et qu'en pensent les cochons?, Between Late April and Early May y Skinny Bottines. La sesión volvió a mostrar una faceta distinta del cine breve, con propuestas que incorporaban el humor en diferentes grados. La sala estaba prácticamente llena y el público, compuesto en buena parte por jóvenes adultos, respondió con entusiasmo.

Tres invitados participaron en el encuentro posterior: un productor y dos directores. Me llamó la atención el tono horizontal de la conversación, conducida de manera natural y sin prolongarse innecesariamente. Las presentaciones y preguntas permitieron conocer algo más de las películas sin convertir el intercambio en un acto rígido ni agotar la atención de los asistentes.

Skinny Bottines, de Romain F. Dubois, fue una de las obras que despertó mayor simpatía entre el público. Más tarde supe que había recibido el Premio del Público presentado por SLA Locations en la competencia nacional de cortometrajes, un reconocimiento que coincidía con la buena recepción que había observado en la sala.

Considerados en conjunto, estos cuatro programas reunieron veintiún cortometrajes y cuatro experiencias muy diferentes. Lo significativo no fue que todas las películas me convencieran por igual, sino que cada selección parecía responder a una intención reconocible. La ficción, la experimentación y las distintas procedencias culturales convivían sin que el formato breve quedara reducido a una categoría secundaria.

La sala también forma parte del festival

En las sesiones que pude ver, el público tuvo una presencia activa. Hubo salas llenas, aplausos, risas y reacciones espontáneas; también espectadores que permanecían atentos ante propuestas más abstractas, sin que la falta de una narración convencional pareciera impedir su implicación. Estas observaciones corresponden a las funciones a las que asistí, pero fueron lo suficientemente constantes como para convertirse en una parte importante de mi experiencia del festival.

La Cinémathèque québécoise, en particular, me pareció un lugar propicio para ese encuentro. Pasar allí una jornada completa, entre proyecciones y conversaciones con cineastas, me permitió percibir el espacio como algo más que una sede: durante esas horas, parecía convertirse en un punto de reunión compartido por espectadores, realizadores y personas interesadas en explorar otras formas de cine.

También me interesó la naturalidad de los encuentros con los invitados. No todas las sesiones necesitaban una conversación extensa para generar cercanía. A veces bastaba una presentación breve, una respuesta del director o una reacción colectiva para prolongar la experiencia de la película más allá de la pantalla. En un festival dedicado al descubrimiento, ese contacto importa: ayuda a que las obras circulen no solo como títulos dentro de una programación, sino como propuestas que pueden discutirse, cuestionarse y recordarse.

Seguir al lobo y a la loba

Otra de las características más visibles de esta edición fue su identidad gráfica. Para celebrar su 55.º aniversario, el FNC presentó una nueva imagen articulada en torno a las figuras del lobo y la loba, los contrastes de color y una estética dinámica. En las distintas sedes que recorrí, esta identidad estaba presente en los logotipos, las animaciones, las viñetas, los fondos de pantalla y los diferentes soportes visuales que acompañaban las proyecciones.

Desde mi perspectiva como diseñadora gráfica, aprecié especialmente la consistencia de esta propuesta. No se trataba únicamente de tener un cartel atractivo, sino de desarrollar un lenguaje visual reconocible que acompañara al festival en sus distintos espacios. La imagen de la manada, asociada a una actitud que se niega a ir sobre seguro, encontraba su expresión en el lema de esta edición: “Because the cinema we love has never played by the rules, neither will our image”. La declaración vinculaba la identidad gráfica con una idea de cine que no teme apartarse de las convenciones.

Esa invitación al descubrimiento también se hacía presente en un detalle que disfruté especialmente: el carrusel de películas y programas que aparecía en pantalla antes de las proyecciones. Mientras esperábamos el inicio de la función, los títulos desfilaban y dejaban pequeñas pistas: una imagen que despertaba interés, un nombre que convenía recordar, una sección cuyo planteamiento invitaba a ser explorado. En lugar de limitarse a anunciar lo que vendría después, el carrusel abría otras posibilidades dentro de la programación y convertía la espera en un momento de curiosidad cinematográfica.

Una edición en transición

La edición de 2026 tuvo lugar en un contexto institucional complejo, marcado por cambios en la dirección y ajustes en la estructura del festival. La programación se desarrolló con un equipo que incluía responsabilidades interinas, mientras la directora artística Zoé Protat se encontraba de licencia. En esas circunstancias, sería poco riguroso atribuir el conjunto de la selección a una sola persona sin conocer con precisión cómo se distribuyeron las decisiones. La programación de un festival de esta escala es también el resultado de un trabajo colectivo.

Desde mi experiencia como espectadora, encontré una propuesta coherente y variada. Los programas de cortometrajes que vi no daban la impresión de estar reunidos de manera arbitraria ni de cumplir simplemente con una cuota dentro de la oferta general. Cada uno tenía un carácter propio y, al mismo tiempo, contribuía a una imagen más amplia del festival: un lugar donde conviven diferentes formas de hacer cine y donde la curiosidad del público tiene un papel central.

La acreditación del FNC por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos (FIAPF), anunciada en marzo de 2026, supuso un reconocimiento muy importante para el festival y para Montreal. La FIAPF cuenta con un programa internacional que evalúa y reconoce festivales por su solidez, su impacto y su contribución al ecosistema cinematográfico. Cuando el FNC se incorporó a esta red, formaba parte de una selección de 49 festivales de 29 países y cinco continentes; la lista oficial actualizada reúne actualmente 50. Canadá cuenta con tres festivales acreditados: el Toronto International Film Festival (TIFF), Hot Docs (ambos celebrados en Toronto) y el FNC, único representante de Quebec. Esta incorporación refuerza la presencia de Montreal en el circuito internacional de festivales de cine.

La acreditación no determina por sí sola el valor artístico de una programación, pero sí permite dimensionar la posición que el FNC ocupa en el panorama internacional. Desde mi experiencia en esta edición, los programas que pude ver reflejaron una apuesta por la diversidad de lenguajes y procedencias, así como por el descubrimiento de películas que invitan al público a salir de sus hábitos de visionado.

Más allá de las proyecciones

Durante los once días del festival, con seis sedes y una programación que se desplegaba en paralelo, el FNC ofrecía mucho más de lo que podía abarcar en un solo recorrido. Mientras me concentraba en los cortometrajes, también se desarrollaban actividades vinculadas a MOMENTA (Bienal de Arte Contemporáneo) y eventos especiales, como la noche dedicada a The Matrix y la proyección gratuita de los cortos de Animatrix. La variedad de propuestas permitía acercarse al cine desde experiencias muy distintas, más allá de las proyecciones habituales.

Algunas de estas actividades me hicieron pensar en la capacidad de los festivales para convertir una película en una experiencia colectiva. En la edición anterior, por ejemplo, el maratón de Twin Peaks y la proyección de Tampopo, acompañada de ramen, fueron propuestas que destacaron por la manera en que vinculaban el cine con otras formas de encuentro. Este año, las actividades en torno a The Matrix apuntaban también en esa dirección.

Mi paso por el FNC me permitió dimensionar mejor la vitalidad de los festivales de Montreal y la diversidad de experiencias cinematográficas que conviven en la ciudad. Es una oferta cultural que merece tiempo, curiosidad y exploración.

Una postal antes de la película

El último día del festival, el 18 de octubre, acudí a una proyección en las instalaciones de la Universidad Concordia. La película era Fatherland, de Paweł Pawlikowski, rodada en blanco y negro y cuyo estreno en MUBI está previsto para el 30 de octubre. Llegué con unos cuarenta minutos de anticipación y me sorprendió encontrar ya una fila considerable frente al auditorio, una sala de grandes dimensiones situada en la planta baja de la universidad.

Mientras esperaba, empecé a fijarme en las personas que me rodeaban. A mi lado había un joven con unos AirPods Max y una mujer que sostenía un pequeño libro y no dejaba de leer. Tenía algo de profesora universitaria, quizá de esas personas que parecen llevar toda una vida entre libros. Detrás de mí, una muchacha de unos veintidós años escribía continuamente en una libreta roja. No sabía qué leía la mujer ni qué anotaba la joven, pero ambas parecían completamente absortas en sus actividades, ajenas al movimiento de la fila.

La escena me evocó por un instante el ambiente de los círculos artísticos e intelectuales del París del siglo XX: la espera, los libros, la libreta roja, aquella naturalidad con la que cada persona parecía entregada a la lectura o a la escritura. No era solo una cuestión de apariencia, sino la impresión de encontrarme en un entorno donde la cultura formaba parte de la vida cotidiana, donde los libros y las inquietudes intelectuales parecían extenderse más allá de los cafés y las bibliotecas, hasta impregnar la vida misma.

Cuando entré en el auditorio, una pareja de unos sesenta y tantos años, ambos de cabello blanco, ya estaba sentada frente a la pantalla. Cada uno leía su propio libro mientras la sala se llenaba. En la pantalla se sucedían los logotipos del FNC y las imágenes de las películas de la programación, como había ocurrido en las demás proyecciones a las que asistí. La combinación de aquella pareja leyendo, la pantalla encendida y la expectativa del comienzo terminó de componer una imagen que guardé como una postal.

Hasta ese momento no había reparado en que el público de aquella sesión era mayoritariamente francófono, ni sabía que la película se proyectaría con subtítulos en francés. En las sesiones anteriores a las que había asistido, los subtítulos habían sido en inglés, de modo que había dado por hecho que ocurriría lo mismo.

Lo que me quedó de aquella noche fue la imagen de las personas leyendo antes de que comenzara la película. A veces, la experiencia de un festival también está hecha de estas pequeñas escenas que ocurren antes de que se apaguen las luces.

El valor de seguir descubriendo

A los 55 años, el Festival du nouveau cinéma conserva una identidad vinculada a la exploración de aquello que se encuentra fuera de los recorridos más previsibles. Los programas de cortometrajes que pude conocer durante esta edición fueron una muestra concreta de esa vocación: películas de distintas procedencias, lenguajes que iban de la ficción a la experimentación y encuentros que permitían prolongar la experiencia de la proyección.

Me quedo especialmente con la sensación de que el cortometraje ocupó un espacio propio dentro de la programación. No se percibía únicamente como una antesala del largometraje ni como un formato que había que incluir por obligación. Las selecciones tenían suficiente diversidad y personalidad para sostener la atención por sí mismas, y el público respondió con una energía que acompañó incluso las propuestas más arriesgadas.

Un festival no se define solo por la cantidad de películas que presenta, por sus invitados o por los nombres que aparecen en su cartelera. También se reconoce en la manera de poner las obras en relación, en las condiciones que ofrece para verlas y en la disposición que despierta en quienes asisten. En las sesiones que viví, el FNC consiguió mantener abierta esa posibilidad de encuentro.

Quizá esa sea una de las formas más concretas de entender su vocación original: crear un espacio para películas que merecen ser vistas y para espectadores dispuestos a dejarse sorprender. Cincuenta y cinco ediciones después, seguir defendiendo esa posibilidad de descubrimiento continúa siendo una manera de renovar el cine.