El jueves 12 de marzo se inauguró en el teatro Monument-National la 44ª edición del Festival International du Film sur l’Art (FIFA), uno de los encuentros cinematográficos más importantes dedicados al cine sobre arte. La película encargada de abrir el festival fue el documental Mon amour, c’est pour les restant de mes jours, dirigido por la cineasta quebequense André-Line Beauparlant, una obra íntima que explora la vida y la obra de su pareja, el cineasta Robert Morin.
Con una duración de 95 minutos y narrada en francés quebequense, la película se presenta como un retrato profundamente personal. Beauparlant, conocida por su trabajo como directora artística en numerosas producciones del cine quebequense y por documentales dedicados a miembros de su familia, dirige aquí su mirada hacia el compañero con quien comparte su vida desde hace décadas.
Ambos se conocieron cuando Morin tenía 44 años y Beauparlant 27. Ella comenzaba su camino en el cine y trabajaba como decoradora de set en la película Windigo (1994), dirigida por Morin. A partir de ese encuentro comenzó una relación que, con el paso del tiempo, se transformó también en un diálogo creativo.
El documental adopta una forma curiosamente doble. Beauparlant casi nunca aparece en pantalla, pero su presencia es constante: escuchamos su voz, sus reflexiones y las preguntas y declaraciones que le dirige a Morin. La película funciona así como un díptico íntimo. Por un lado, el retrato del cineasta; por el otro, la mirada amorosa (y a veces inquisitiva) de quien lo observa.
Morin, con más de treinta y cinco películas en su trayectoria, se revela como un cineasta profundamente atípico dentro del panorama canadiense. Nunca ha perseguido el cine comercial. Su trabajo ha transitado por distintos formatos a lo largo de los años: desde el Super 8 hasta el video magnético y, más recientemente, el medio digital. Beauparlant revisita los archivos de su compañero y muestra cómo cada cambio tecnológico fue para él una oportunidad de exploración.
Cuando ella le pregunta cómo definiría su arte, Morin responde con una franqueza desarmante: le interesa mostrar aquello que sacude al espectador, lo que lo incomoda. Confiesa que hacer arte es lo que le ayuda a combatir la depresión; el arte, admite, es su adicción.
En uno de los pasajes más reveladores del documental, Morin habla del “peso de los sueños”: esas películas que existen en la imaginación pero que nunca logran realizarse. Para él, parte del oficio consiste en aceptar el fracaso de ciertos proyectos que jamás verán la luz. Aun así, cada vez que se sienta frente a su computadora siente que entra en una especie de santuario.
Esa dedicación absoluta al trabajo artístico también implica un grado de egoísmo, reconoce el propio cineasta. Explica que siempre intentó evitar distracciones que pudieran alejarlo de su creación. Tuvo dos hijos en relaciones anteriores, pero con Beauparlant no formó una familia en ese sentido.
A lo largo de la conversación emerge también una dimensión más oscura de su biografía. Morin recuerda un episodio traumático de su infancia: caminaba con un amigo cuando, de pronto, un autobús lo atropelló. El niño murió en el acto mientras él permanecía ileso. La imagen de la sangre y los huesos marcó profundamente su memoria; durante días, cuenta, perdió incluso la noción del tiempo.
La muerte volvería a aparecer en su vida de otras formas. Su padre sufrió un accidente al chocar contra un tren y quedó postrado durante años, y su relación con él fue distante, sin afecto. Más tarde, su madre moriría en un incendio provocado por una decoración navideña.
Sin embargo, el documental deja claro que Morin no es una figura sombría ni fatalista. Más bien parece alguien que ha aprendido a convivir con la presencia constante de la pérdida.
Esa reflexión sobre la muerte atraviesa también el proyecto cinematográfico que Morin intenta realizar durante los años en que Beauparlant lo filma. Se trata de una ficción centrada en un alce herido por una flecha que, consciente de su final, se recuesta en el bosque para esperar la muerte. El director quiere filmar cómo el cuerpo se convierte en alimento para otros seres: osos, coyotes, carroñeros y, posteriormente se degrada.
Pero la naturaleza no coopera con el guion. Apenas aparecen algunos buitres, ciertas aves y ocasionalmente un zorro. La obstinación del cineasta por capturar ese momento se vuelve casi absurda y, al mismo tiempo, profundamente humana. Incluso llega a utilizar pequeños trucos manuales para simular la respiración del alce agonizante, intentando registrar los últimos estertores del animal.
En contraste con esa obsesión por la muerte, el documental de Beauparlant parece estar guiado por otra fuerza. En un momento de la película, Morin le pregunta a su pareja si ella piensa en la muerte. Ella responde que no. Él, en cambio, admite que sí lo hace con frecuencia.
Entonces ella formula una especie de conclusión silenciosa: si la película de Morin sobre el alce es un intento por comprender la muerte, la suya es, en cambio, una película sobre el amor.
La proyección de apertura tuvo además un elemento especial: tanto André-Line Beauparlant como Robert Morin se encontraban presentes en la sala, compartiendo la experiencia con el público. Esa es una de las pequeñas magias que los festivales de cine consiguen tejer: el encuentro directo entre las obras y quienes las crean.
Para Morin, la velada tenía un significado particular. Era la primera vez que veía terminado el documental que su pareja había realizado sobre él. Antes de que comenzara la proyección, Beauparlant intentó tranquilizarlo con una frase sencilla: “Todo irá bien, Robert”.
Al encenderse las luces al final de la película, un aplauso unánime llenó la sala. Visiblemente conmovidos (y también un poco abrumados por la atención) Beauparlant y Morin subieron juntos al podio del cine para agradecer la recepción. Él le dijo entonces que había hecho un trabajo tremendo; ella, sorprendida, recibió el comentario con una sonrisa genuina.
Así, entre emoción, complicidad y cine, quedó inaugurada la primera proyección de la 44ª edición del Festival International du Film sur l’Art.

